Ensayar la palabra

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Sillas en círculo, bolsos a un lado, caras familiares. En el fondo del salón podía apreciarse la frase que daba nombre al taller “Ensayemos la palabra”. Nos presentan a la tallerista, una mujer de apariencia dulce que revela un tono de voz sereno y lleno de sosiego. Nos pide que nos presentemos y que confesemos qué ensayamos, además de la palabra. Todas con alguna ocurrencia jocosa y pícara dejamos salir ese secreto que tanto nos divierte. Algunas ensayamos la conducción, otras la danza, así se nos venga natural, otras la decoración, en resumen, confesábamos ¡ensayar la vida!

Matilde, esta especie de señora con algún poder mágico, que aunque te consideres incrédula o escéptica es imposible escapar de él, porque simplemente te envuelve y te lleva al escuchar su voz al mundo donde la palabra está viva y donde vives en ella como una extensión mágica de tu realidad, nos escuchó a todas atentamente. Empezó el embrujo.

No nos habíamos dado cuenta y estábamos en medio de la palabra. Ella flotaba en el aire casi invisible pero densa, se infiltraba en nuestros cuerpos, mientras que nosotras ingenuamente creíamos divertirnos en un taller cualquiera. Nos presentó a unos señores, todos parecían ser personas importantes que ocupan su tiempo pensando esas cosas que a todos se nos ocurren, pero que nunca encontramos el tiempo para decir.

Sus nombres, los de los señores, son Jorge Luis Borges, Estanislao Zuleta y George Steiner. Cada uno nos echó un cuento distinto. El primero quiso hablarnos del budismo, pero muchas revelamos su verdadera intención; el segundo, le hizo un elogio a la dificultad, vaya tipo tan difícil; el tercero, quiso empezar a darnos diez razones, ¡diez razones del pesimismo! Qué tipos. Lo seguro es que, a pesar de las dificultades que toda conversación acarrea, más de una se enamoró. Sí señores y señoras, más de una quedó con los pies en el aire, y los otros señores que nos acompañaban, no menos importantes, pero sí silenciosos, estaban tan enamorados como nosotras. Ah debo aclarar que por ser menos en el salón ellos hacen parte de nosotras.

Eso no fue todo. Después de un rato conversando con estos Don Juanes, pasamos por unas diapositivas, que a diferencia de aquellas que producen sueño, estas empezaron a producir un cierto temblor en nuestras manos. Les digo Matilde con su dulce apariencia nos tenía bajo un efecto embriagador que, como era de esperarse, nos condujo a lo inevitable: ¡crear!

Lo que te escribo no viene manso, subiendo de a poco hasta un auge para después ir muriendo mansamente. No: lo que te escribo es de fuego como los ojos en brasa (Clarice Lispector).

De pensar el ensayo, empezamos a ensayar la vida, y todas dejamos rastro de ello. Un rastro escrito a mano, una extensión carnal del pensamiento, un ejercicio que muestra que las palabras están vivas y que el mundo se escribe con palabras. Ese día ensayamos la vida a través de la palabra.

Texto por Daniela Pabón Llinás, promotora de lectura de la Fundación Círculo Abierto

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