El silencio de un país y el sonido del viento

El taller “La aventura de razonar” le permitió a las maestras y maestros participantes, al igual que al equipo que las acompaña, la experiencia de durante una semana armar un proyecto de investigación a partir de la observación de su entorno, y respondiendo a sus impulsos de coleccionistas. El resultado final del taller fue una propuesta estética efímera acompañada de apuntes realizados a lo largo del proceso de investigación individual así como breves textos en los que se expresan las conclusiones sobre la experiencia. Aquí otra muestra por la relatora Laura Fontalvo Castillo junto con la maestra Karen Movilla Puccini.

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“Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callando”- Eduardo Galeano.

Hace poco estuve en una protesta, pero no una en donde las personas alzan su voz para manifestar su descontento; por el contrario, era una protesta donde reinaba el silencio. Aquello era lo más parecido a una liberación, una protesta pacífica y refrescante y la exposición estaba llena de abanicos de papel de todos los tamaños.

El sentido de esta obra no sería el mismo si desconocemos su contexto. La autora tuvo un derroche de creatividad la madrugada en que el servicio eléctrico fue interrumpido mientras dormía, y en un intento por mantener la comodidad de su hija, se convirtió en su abanico personal durante esas cálidas horas.

Luego de un proceso de investigación, podemos concluir que el abanico es uno de los inventos más antiguos, con gran impacto social en el mundo. Una idea que se considera originaria de oriente, que surgió como un accesorio del último grito de la moda hace más de 200 años, y terminó cubriendo la necesidad de refrescarnos en ambientes calurosos.

Poco a poco, los abanicos también fueron considerados como herramientas alternas para la comunicación, que facilitaban la traducción de algunos gestos, comportamientos e intenciones de quien lo portaba. En la actualidad, los famosos abanicos  son principalmente utilizados como un cliché social, ya sea en danzas, como un elemento propio de las mujeres de élite o por las abuelas que rememoran sus historias a través del silencio del país y con cada sonido del viento.

Sin embargo los abanicos de papel de aquella obra, representaban el descontento de una región que sufre por la irregularidad de su servicio eléctrico. Una protesta ante una empresa que parece jugar con las ilusiones de los usuarios, derrumbándolas como torres de papel. La impotencia de un grupo de personas por no poder usar los abanicos como un lujo sino como una necesidad en pleno siglo XXI. Todas las quejas quedaron compactas en esta propuesta, que también estaba complementada por unos divertidos molinos de viento, (molinillo, molinete, remolino, renglete o ringlete… válido cualquier término) que traducían en silencio el baile del viento.

¿No has podido dormir por falta de luz? ¿Te has despertado en la madrugada por la interrupción del fluido eléctrico? ¿Se ha perdido tu trabajo porque la luz se fue y no alcanzaste a guardarlo en tu computador? ¿Te ha pasado? Entonces no podrás evitar sentirte identificado con esta obra, cuya creadora nos invita a mirar con otros lentes nuestra realidad.

Recuerda: nunca es tarde para reutilizar y reinventar, si los recibos del servicio de la luz ya cumplieron su función de informar, podemos darle una segunda vida al papel y replicar esta obra en toda la ciudad, en toda la región y por qué no… en todo el país.

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