¿Por qué el mar es salado?

Por Yeimy González, promotora de lectura de la Fundación Círculo Abierto.

el mar

Mil cosas hay tal vez en este mundo que generan más preguntas que respuestas, ¿por qué el agua moja? ¿Por qué la luna? ¿Por qué las estrellas? ¿Hay vida en marte? Los mitos como forma de narración vital en las tradiciones orales nos cuentan con líneas extraordinarias la aparición y creación de los elementos de la naturaleza. Sin embrago, se crean tantas versiones alrededor de una sola pregunta que dudamos de la veracidad de cada una de ellas, esto, a pesar de todo, no es motivo para dejar de hacernos preguntas y más para deleitarnos con las literarias respuestas.

Y es que hay preguntas de preguntas y respuestas que nos dejan ensoñados. Una de ellas es sin duda alguna: ¿a qué se debe la sal en el agua del mar? Podríamos señalar ante esto que se debe a la tierra, a los peces o como lo ve un estudiante de 5° “El mar es salado porque la gente se mete sucia a bañarse en él y cuando uno no se ha bañado está saladito”.

En Finlandia, buscaron a través de la literatura dar una respuesta a ¿por qué el mar es salado? Y cuentan entonces que dos hermanos que habitaban cerca del mar báltico, de diferentes condiciones económicas serían el motivo de este suceso.

Uno de ellos, pescador, se sintió tan desesperado por su mala situación monetaria y el hambre de sus hijos que decidió pedir ayuda a su hermano, un hombre adinerado y poderoso. Sin embargo de éste sólo obtuvo una pezuña de vaca y la frase tentadora: “vete al diablo”. Cosa que el pobre pescador hizo sin reparo. Se fue a buscar al diablo por toda la aldea hasta que lo encontró, se llamaba Heesi y era el señor del bosque, poseedor de grandes cosas, entre ellos una rueda de molino.

Aquel pescador llegó con Heesi (el diablo) y lejos de pedirle cosas como le indicaron todos en el camino que hicieran, él le ofreció un regalo, una pezuña de vaca que cargaba con él. Heesi se sintió tan agradecido por el detalle que le ofreció al pescador lo que quisiera, pero éste sólo quería la rueda de molino, que aunque poniéndole obstáculos finalmente le dio.

Aquel hombre salió de ahí feliz, pues sabía que esa rueda concedía deseos y se valió de ellos para poner comida en su mesa. Cuando el avaro hermano de aquel pobre pescador supo de la rueda fue rápidamente por ella. Fue con la excusa de que la pezuña la había dado él que consiguió prestada la rueda de molino y se hizo a la mar. Sacó una gran cantidad de peces, pero no satisfecho quiso más. “Que los peces ya estén salados cuando salgan del mar así que. ¡Muele mi rueda, sin parar!” dijo el avaro y la rueda empezó a girar. “¡No dejes de echar sal!”

La rueda giraba y giraba y aun cuando ya parecía suficiente no parecía querer frenar y él ¿qué palabras debía usar? “¡Detente, mi rueda, para, para, para, para! ¡No sigas moliendo, no, no! ¡Ya es suficiente, suficiente te digo!”. Pero no sirvió de nada. Aquel hombre desesperado no pudo hacer más que dejar que la barca se hundiera con toda la sal y la carga de pescado. Pero ¿Qué pasó con la rueda de molino? Siguió girando desde el fondo del mar salando las aguas de ésta cada día un poquito más.

Esta es la versión que nos regala James Riordan en su texto “cuentos del mar” y nosotros ¿qué otra respuesta podemos dar?

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