Dulce bienvenida

Palabras mágicas, palabras de aliento, malas palabras, palabras de amor, palabras sucias. El poder de la palabra, de la imagen, de la metáfora. Este escrito fue resultado del trabajo en el taller “Acoger al otro” dirigido por la artista plástica Clara Teresa Gaviria.

Era mi primer día de clase, yo estaba nerviosa. Había muchos niños y no sabía a quien hablarle. Sentía mi corazón latir muy fuerte y mis manos sudando. Entonces lo vi… un pequeño botón en el chaleco de ese niño, igual al que yo tenía en mi vestido. Esto debía ser una señal. Me animé y le hablé.

Resultó ser un niño muy conversador, un niño dulce que amablemente me mostró la escuela, me contó lo que más le gustaba, lo que menos. Me compartió de sus dulces favoritos, pequeños y rosados, creo que de fresa. Eran tan dulces como él, como su voz. Era su aroma el aroma de una dulce bienvenida.

Hablamos y hablamos y hablamos. Me habló de su familia, de su casa, de su color de ropa favorito. Me mostró sus escondites, me contó de cuando le castigaron. Me contó de su primer día de clases. Me contó cada particularidad, de cada maestro.

Pasamos todo el día juntos y solo al final le pregunté su nombre; hasta entonces solo era el buen amigo del botón en el chaleco. Y así fue como nos conocimos Saúl y yo. Al día siguiente, llegué a clase feliz de ya no saberme sola; pero lo busqué, y lo busqué y no lo encontraba.

Pregunté a todos por Saúl. Hablé con algunos sobre él, mencionando sus historias. Busqué en sus escondites secretos y pregunté allí si lo habían visto. Describí su botón, su gusto compulsivo por los dulces de fresa, su particular forma alegre de hablar; pero no, nadie parecía saber a quien me refería. Nadie parecía conocer a Saúl.

Me asusté… ¿Sería Saúl un producto de mi imaginación? Jamás pensé ser yo una niña con un amigo imaginario! En ese momento María, a quien ya le había preguntado por Saúl y me había dicho no conocerlo, de repente pareció entender algo, se dio vuelta y me gritó diciendo. “¿Ahh tu preguntas por “el pelirrojo” ¿verdad?, pues está en la cafetería”. Corrí hasta la cafetería, y si, ahí estaba Saúl, y pensé en la poca oportunidad que se habían dado todos de conocerlo.

Texto por Adriana Dávila, promotora de lectura de la Fundación Círculo Abierto

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