Almas gemelas unidas por la lectura

 

dreamtime sisters
Dreamtime sisters de Coleen Wallace

Mucho se dice que la lectura abre puertas a otros mundos y expande nuestra imaginación, que nos aleja de la ignorancia y nos llena de cultura, y que al crear el hábito quedamos perdidamente enamorados de los libros. Solo debe existir una razón para leer: placer. Porque una lectura obligada puede ser tan desafortunada como aquel amor no correspondido.

En su inmenso legado, José Martí nos ha dejado la siguiente frase “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, la cual hay que saber interpretar más allá de su significado literal. Lo cierto es que dicha idea se ha propagado sin mucha trascendencia, olvidando en ocasiones que el reto, lo verdaderamente difícil es criar al hijo, cuidar el árbol y muchas veces, lograr que alguien lea un libro. Entonces podemos sentirnos satisfechos si cumplimos alguna de esas tres tareas, porque estaremos preservando la humanidad.

Sin embargo, educar a un niño no es solo labor de los padres, influyen también los docentes, la comunidad y el contexto, a través del ejemplo, la palabra y la lectura. Transmitir amor y pasión por la lectura puede convertirse en una motivación para que los niños busquen para algunas preguntas más respuestas en los cuentos que en la calle o con extraños. Enamorar a un niño de la lectura es permitirle que su creatividad emprenda una carrera desenfrenada y que entre ellos mismos se contagien. El amor crea conexiones, comparte gustos e indudablemente una acción se disfruta más cuando tienes un cómplice… o un alma gemela.

Sucedió que al terminar un club de lectura, una niña llamó poderosamente mi atención por su curiosidad y deseo de leer el cuento tantas veces más, con aquellos comentarios y participaciones que rara vez se borran de tu mente. En ocasiones el despiste juega con mi memoria pero ese día sabía que no estaba equivocada, o que lo que viví no era producto de un deja vú. Estaba casi segura que minutos antes había visto en otro lugar ese mismo rostro lleno de fascinación al término de una lectura.

—Espera… yo te acabo de ver en el otro salón, ¿cómo llegaste aquí?—le pregunté a la niña. Esta vez yo era la de la curiosidad.

—No era yo, era mi hermana gemela.

Ese día las reconocí a ambas, cada una en salones diferentes y con la misma pasión. No pude evitar sonreír, producto de la situación,  y me llene también de tranquilidad: he conseguido que dos personas lean un libro.

Texto por Laura Fontalvo Castillo

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