Todo el tiempo que quieras

clarice

No es una reseña del cuento de Clarice Lispector “Felicidad clandestina” que debo confesar es de mis autoras favoritas, es una confesión de la angustia que su cuento me genera. Antes de confesar qué se apodera de mí cada vez que termino de leer esa historia, voy a contarles de qué trata y mencionar también que fue una de las lecturas que llevamos a cabo en una de las visitas a los colegios.

Un muy breve resumen: La historia es de unas niñas, una niña hija del dueño de una librería de una ciudad en Brasil y de su compañera aficionada a la lectura. Uno se imagina que la privilegiada chica cuyo padre es dueño de una librería, después de haber recorrido paisajes de abundantes letras, es un ser humano, benevolente y considerado con el otro, pero no es así. Era una niña un poco desalmada y cruel que juega constantemente con las pasiones y afecciones de su compañera amante en potencia de los libros, que el padre ajeno vendía. La historia trata de la crueldad de la hija del librero y la pasión desenfrenada de una gran lectora.

Un día la hija del librero recibe un libro tan rico en historias que uno podría pasarse la vida entera hojeando sus destinos. Revela su secreto y le promete a su compañera dejarle el libro por un tiempo, pues para la otra chica era un libro inaccesible. Le dice que después de la escuela puede pasar por él y la pequeña lectora flotando en la esperanza y la felicidad que se aproxima, va cada tarde después del colegio en búsqueda del tesoro ajeno. Así, sufre por semanas buscando un amor que nunca llega, hasta que un día la esposa del librero descubre las artimañas de su despiadada hija y la obliga a prestarle el libro a su compañera. Al entregárselo a la hija ajena le dice que puede quedarse con él el tiempo que quiera.

Esa frase, el tiempo que quieras, es la que suscita en mi una emoción que he llamado angustia. Cuando leo autores nuevos o escritores que por años me han acompañado y pienso todo lo que han leído para escribir como lo hacen, me angustio, pues pienso que la vida no me va a alcanzar para leer todo lo que ha sido escrito o mejor, todo lo que deseo leer. Entonces pienso en eso, en la eternidad de la frase “el tiempo que quieras”.

Cuando la repito sola en mi habitación, casi susurrándosela a las paredes, deseo tiempo, pero no tiempo para vivir de cualquier manera, sino para pasar horas enteras leyendo. Quisiera, muchas veces, que libros que no son míos, sino préstamos de bibliotecarios o amigos, pudiesen quedarse en mi regazo ¡el tiempo que quiera! Hojearlos como si la vida no fuera finita, perderme una y otra vez en vidas ajenas y viajar atravesando el mundo sin haberme movido. Quisiera tomar esas vidas prestadas el tiempo que quiera sólo para no olvidar la magia de la vida. Para recordar constantemente el universo que el lenguaje de los libros pone a nuestros pies.

Texto por Daniela Pabón

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